martes, 19 de marzo de 2013

Perdón por la brevedad

Noto que las personas tenemos una fuerte tendencia a obsesionarnos con ordenar los hechos de nuestras vidas. Queremos ver al pasado como una colección de sucesos viejos y obsoletos que guardamos en un polvoriento cajón de recuerdos, y al futuro como una puerta que podemos abrir y cruzar a un mundo totalmente nuevo y desconocido.
El presente sería un proceso incómodo de transición entre los anteriormente mencionados.

Este post lo comencé a escribir hace dos noches y planeaba ser algo más extenso, pero me venció el sueño y me acosté dejándolo inconcluso. Ya no recuerdo cómo iba a proseguir y tampoco quería borrarlo o inventar algo que no concordara con lo que sentí en el momento. 
Lo único que recuerdo, es que iba a plantear el interrogante de si realmente es así, o si los hechos siempre perduran anidándose entre sí.
Perdón por la brevedad, buenas noches.

viernes, 15 de marzo de 2013

Sueños III: Catástrofe de empatía


Poco más de un año y medio hacia el pasado, salía yo con una joven tan sublime como fugaz. Me acompañaba ella en mi sueño por un paseo por el centro de la ciudad.
Paseamos como si no existiera el resto del mundo durante un momento y luego se tuvo que marchar por más que aún siguiera transcurriendo la tarde. Yo se lo había pedido, le dije que se fuera y se adentrara más en la ciudad hacia un lugar seguro. Le expliqué que yo no podía irme porque aún había gente en la playa y debía ir a encargarme de ellos. Nos despedimos con un beso casual y ella se fue caminando, Yo apuré el paso hacia el lado opuesto.
Llegué a la zona de La Perla y descendí a la playa. El sol estaba próximo a ponerse y un puñado de personas dispersas aún permanecían allí, disfrutando de la paz de ignorar los hechos venideros. Yo ya sentía las primeras vibraciones en el suelo y un murmullo ultragrave desde lejos. Se avecinaba un tsunami y sólo yo lo sabía.
Por qué el destino me había elegido a mí como único conocedor de la catástrofe inminente, no podía saberlo. Pero sin lugar a dudas me había cargado con la responsabilidad de dar la alerta a los demás. Todas las personas tomaban sol con los ojos cerrados y no divisaban la ola monstruosa que ya se acercaba. Grité con todas mis fuerzas y al escucharme pudieron ser testigos del nefasto regalo venidero y huír a tiempo. Con la excepción de unos pocos individuos que, al tener auriculares puestos, no oían mi voz. Tuve que acercarme a ellos uno por uno y sacudirlos para que despertaran, un poco escoltándolos hacia la salida mientras el tsunami ya casi tocaba la playa.
Sabía que era el momento de irme para ponerme a salvo, pero no pude dejar a la última persona que quedaba inerte. Una vez evacuada, quedé solo sobre la arena y me di vuelta para enfrentar mi destino. Inmediatamente, sin siquiera darme tiempo de contemplar el horizonte una última vez, la inmensidad del mar me golpeó violentamente y me arrastró contra la pared de cemento que separa a las playas de La Perla con la ciudad, que se encuentra varios metros más arriba. Pude sentir como si fuera real el dolor del impacto aplastante de la ola, y el de mi cráneo rompiendo contra la muralla.
Todo el cuerpo me dolía intensamente y pensaba en que no tenía por qué haber terminado así y que nunca volvería a verla a ella. Esperaba morirme pronto para no sentir más dolor. Pero mis últimos pensamientos fueron el alivio de saber que tanto ella como quienes estaban en la playa habían sobrevivido.
Siempre dudo si debería estar contento, o si algo de mí me manifestaba estar ya cansado de morir tantas veces por los demás.

domingo, 10 de marzo de 2013

El fantasma


El barrio de La Perla fue moneda corriente de este verano que se va, hogar casi diario de aventuras jubilosas entre nuevos y grandes amigos.
Una noche, entre las cinco y las seis de la mañana, decidí tomar la costa para hacer parte del camino de regreso a casa. Olvidé que había estado evitando ese camino antes por una razón: en una de esas playas había un fantasma. O dos. Un fantasma es alguien que ha muerto pero se niega a dejar un plano existencial. Y ahí estaba yo en mi versión reverberante, y ahí estaba ella, al lado.
Esa noche y las anteriores habían sido tan eufóricas que sentía tener la energía y el coraje suficientes para esta vez enfrentarme. Así que me quité el miedo y los vi.
Estábamos sentados sobre una piedra en el medio de la arena, una butaca privilegiada para contemplar el mar. Era esa misma hora, pero una noche tal vez unos ocho meses atrás, o más. Me sentía cómodo con ella como si no fuera una de las primeras veces que la veía en toda mi vida.
Conversábamos, entre muchas otras cosas, del tiempo. Tal vez éste nos escuchó y se molestó, porque hizo que las horas parecieran minutos.
Hablamos del pasado y dije que tenía la teoría de que el propósito de los momentos era el de convertirse luego en nostalgias.
En ese momento quise bajar a la playa y decirle a ese antiguo yo que ya no pensaba lo mismo, que debía aprender a dejar ir y a no pensar tanto en el final.
Entonces por un instante los dos fuimos uno, el fantasma y yo nos fusionamos. En lugar de ir a hablarme, opté por guardar silencio y escucharla a ella. En un poco más de medio año no había cambiado mi perplejidad ante el sonido de esa voz y esas palabras profundas. Ahí entendí todo: mientras enunciaba mis expectativas de transformarme en un futuro nostálgico, lo que ocurría en el fondo era que rogaba por congelar ese momento y quedarme ahí para siempre.
Pensé en mirarme a los ojos y contarme el futuro. Inmediatamente sentí que no podría arruinarle a ese viejo yo la intriga de conocer el final. Tenía miedo de que si hubiera sabido cómo sería la conclusión, tal vez hubiera elegido evitar embarcarme en esa travesía. Si algo tengo bien en claro es que bajo ningún concepto optaría por no haberlo vivido tal y como fue.
Me sentí bien mientras daba media vuelta y me marchaba en silencio, dejando a los fantasmas solos. Supe que a mis espaldas se liberaban y se esfumaban. De ahora en más podré volver a esas playas y, sin que los fantasmas me obstruyan la vista, divisar en ellas un posible futuro, una nueva historia.