miércoles, 4 de julio de 2012

La caída del fichín (entre otras decadencias)

La otra noche estaba en el centro y tenía que hacer tiempo. Siempre sabía que para pasar el rato podía ir con unos pocos pesos al fichín (fichín: local de videojuegos con fichas) a jugar a los clásicos de mi infancia.
El que piensa en un fichín lo recuerda como un lugar de pura diversión, tal vez algo sucio, concurrido por demás, perfumado a sudor, pero también por eso un lugar libre, donde estaba permitido golpear frenéticamente los botones sin la menor sensación de culpa.
Me encontré, en cambio, con un recinto vacío. Literalmente, el único visitante era yo. El sujeto de la caja me miraba como cuando están por cerrar el supermercado y se queda el último empleado rogando que el último cliente decida rápido qué va a llevar. La radio sonaba y logré darme cuenta que no era Radio Bajón sólamente porque aún no existe en el espacio radial. Las fichas, antes diez unidades por un peso, costaban ahora un peso cada una.
Con el dinero que antes me hubiese asegurado una estadía de dos horas o más, compré ahora cuatro fichas. No pude ni despedirme correctamente, las máquinas estaban todas en una gran falta de mantenimiento. Nada funcionaba bien, ningún juego invitaba a ser jugado. Me retiré de la que temo que pueda ser mi última visita.
El lugar que me había dado tantos placeres solo, con mi padre, con alguna novia, con una patota de amigos; está ya colocándose el traje de recuerdo. Y seguramente pase lo mismo con los demás fichines.
Otra víctima de este fenómeno es el videoclub... ¿cuántos videoclubes quedan en la ciudad, y por cuánto tiempo? El día que me dijeron que Videomanía está de a poco vendiendo todas sus películas y abriendo en un horario cada vez menor, sentí como si una fuerza mayor estuviera generando un cambio cósmico que tiene como fin eliminar de mi vida todas las noches de los fines de semana.
Soy un tipo de entretenimientos simples, me gusta hacer siempre lo mismo, dejar que mis nuevas experiencias se junten con las de antes en los mismos lugares. Ahora que esos lugares están desapareciendo, tengo la sensación que un día voy a ir caminando por las calles de mi ciudad y no me voy a encontrar por ninguna parte. Los 'yo' del pasado están cada vez en menos lugares, y si el olvido y el abandono de otra persona duelen... no puedo describir cuánto duele ir dejándose a uno mismo.
Recién ahora comprendo a qué se debe ese brillo en los ojos de mi padre cada vez que me habla de los viejos cines, los juegos mecánicos, las tardes en las que se estilaba salir en bicicletas y era seguro. Últimamente sólo se ilumina cuando habla de cosas que para mí nunca existieron.
Y las mías, creí que siempre iban a estar ahí. Miro alrededor y siento como si me hubiese mudado, aunque siga viviendo en las mismas coordenadas.

3 comentarios:

  1. Nostalgioso,pero muy real.Cuando era chica,escuchaba a los mayores diciendo que "mejores ewran los tiempos de antes"y ,ahora,con la vorágine tecnológica,tengo que escuchar a mi hijo decir lo mismo.Qué loco,no?

    ResponderEliminar
  2. Dice Mignon McLauglin que,la nostalgia por lo que hemos perdido,es más soportable que la nostalgia por lo que nunca tuvimos.
    Dichoso el que conserve los recuerdos de las cosas que lo hicieron feliz, y aún de las otras que no tanto, me encanta que sepas ver en los ojos de tu papá ese brillito que nos resalta al evocar momentos vividos y poder contarlos, para que se sepa como fueron cambiando los tiempos y que todos merecen ser tenidos en cuenta. Siempre de todo se saca una enseñanza.

    ResponderEliminar
  3. Varios años nos separan y es loco decirte que me pasa exactamente lo mismo. .

    ResponderEliminar