martes, 30 de abril de 2013
Relato del día que nunca fue
Desperté sabiendo que el día de hoy simplemente no iba a ser para mí, tal vez hoy le tocaba a otro. No me esperaba con los brazos abiertos para que corriera a su encuentro ni me traía dulcemente el desayuno a la cama. Me ignoraba y detesto que me ignoren, porque es lo que me hago a mí mismo.
Como quienes salen de fiesta y "pasan de largo" la noche, sin dormir, yo hubiera pasado de largo el día para despertarme al siguiente. Todo fue como una de esas películas de cine independiente con largas escenas de silencio y estaticidad. La ducha fue eterna y atrás de mi mirada inerte divagaban recuerdos de hechos que tal vez ni sucedieron, o fueron totalmente diferentes. Mi memoria me tortura embelleciendo aún más los recuerdos bellos, haciendo que parezcan imposibles. Milagros que ocurrieron una vez sola por un posible error cósmico, y lo correcto sería entender que no va a volver a suceder algo así.
La noche fue aún más extraña. Caminé por pasillos repletos de gente que me brindaba así como si nada sus cálidos y afectuosos saludos. Como si me los mereciera. Lo cierto es que no los podía oír bien, las voces de las personas que ya no me hablan sonaban mucho más fuerte, hacían mucho ruido. Entendí que la soledad es sólo de adentro, el primero que falta es uno mismo. Me sentí culpable por no poder embriagarme de esa alegría que tan desinteresadamente me regalaban.
Me sentí como un espectador solitario mirando una película que trataba sobre un tipo sociable, afectuoso y enérgico.
Con suerte mañana me toque a mí.
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